viernes, 4 de diciembre de 2015

INGREDIENTES Y FORMA DE CONSERVACIÓN DE LOS ALIMENTOS



Los romanos preferían alimentos muy variados: todo tipo de verduras; carne y pescado para los que podían permitirselo y en abundancia ingredientes como la sal; el vino, leche, miel, aceitunas, e imprescindible todos los alimentos derivados del trigo; pan, cereales, etc.
Los romanos tenían tres comidas invariables a lo largo del día:
- El “ientaculum” o también llamado desayuno, pan con sal, leche y fruta eran los alimentos principales. Tampoco podían faltar huevos, miel, queso y aceitunas.
El vino abundaba en casi todas las comidas del día, pero no era como el que bebemos a día de hoy: normalmente se mezclaba con agua para rebajar su grado y había muchas formas de tomarlo (untado con pan, caliente, con miel…).
-A medio día, era la hora del prandium era como nuestro almuerzo hoy en día. Si lo comparamos con nuestros días, en el prandium se comía bien y en pocas cantidades. De hecho, muchas veces se consumían los restos de la cena de la noche anterior, que era la principal y más abundante comida del día.
-Pero sin duda la cena era el “banquete” por excelencia del día. Se hacía en casa, en familia.
Ingredientes para ricos y pobres la base de la alimentación era el trigo. Si bien es cierto que en las mesas más ricas se podían encontrar platos tan distintos como lenguas de flamenco rosa, loros (considerados una auténtica joya), ostras, mejillones, tordos o conejos (importados de Hispania), lo cierto es que la dieta de la gran mayoría de los romanos era bastante frugal.
En los tiempos más difíciles la gente se alimentaba a base de puls, una papilla hecha con trigo.
Aunque lejos de los caprichos de los más privilegiados, en la cena del romano medio no podían faltar pan, vino, aceitunas, frutas, verduras y especias como la pimienta y el cilantro. La leche (de cabra y oveja), el queso y la miel también eran básicos para la dieta y la carne y el pescado eran comidas especiales (pero no para los más ricos).
La carne más abundante era la de cerdo, pero también era muy apreciada la de jabalí, conejo, buey y cordero. Los más pobres tenían que conformarse con la de burro.
Para asistir a una gran cena hay que ir con hambre, ya que a veces llegan a servir hasta siete platos… Después de la gustatio llega la primae mensae, los primeros platos (en plural). Se sirven testículos de cabrito, hígado de caballa, sesos de faisán, tetinas de cerda o lengua de flamenco, entre otros.
Con la secundae mensae llegamos, finalmente, a los postres. La fruta, los dulces, la miel y el vino son los protagonistas. A veces el marisco también se sirve al final de la comida. Entre los dulces llama la atención la existencia de flan (tiropatinam) que se hace con leche y huevos y se sirve con una generosa cantidad de pimienta por encima.
En toda mesa romana no podía faltar el famoso garum, la salsa de pescado más apreciada de la antigüedad que ya probaban los fenicios y griegos antes que los romanos. Su uso sin embargo, sobrevive al mundo clásico y sigue hasta el Renacimiento. Actualmente también se encuentran sucedáneos más o menos parecido a la receta original.


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