Los
romanos preferían alimentos muy variados: todo tipo de verduras;
carne y pescado para los que podían permitirselo y en abundancia
ingredientes como la sal; el vino, leche, miel, aceitunas, e
imprescindible todos los alimentos derivados del trigo; pan,
cereales, etc.
Los
romanos tenían tres comidas invariables a lo largo del día:
-
El “ientaculum” o también llamado desayuno, pan con sal, leche y
fruta eran los alimentos principales. Tampoco podían faltar huevos,
miel, queso y aceitunas.
El
vino abundaba en casi todas las comidas
del día, pero no era como el que bebemos a día de hoy: normalmente
se mezclaba con agua
para rebajar su grado y había muchas
formas de tomarlo
(untado con pan, caliente, con miel…).
-A
medio día, era la hora del prandium
era como nuestro almuerzo hoy en día.
Si lo comparamos con nuestros días, en el prandium
se
comía bien y en pocas cantidades. De hecho, muchas veces se
consumían los restos de la cena
de la noche anterior, que era la principal
y más abundante
comida
del día.
-Pero
sin duda la cena era el “banquete”
por excelencia
del día. Se hacía en casa, en familia.
Ingredientes
para ricos y pobres la
base de la alimentación era el trigo.
Si bien es cierto que en las mesas más ricas se podían encontrar
platos
tan distintos
como lenguas de flamenco
rosa,
loros
(considerados una auténtica joya),
ostras,
mejillones,
tordos
o conejos
(importados de Hispania),
lo cierto es que la dieta de la gran mayoría de los romanos era
bastante frugal.
En
los tiempos más difíciles la gente se alimentaba a base de puls,
una papilla hecha con trigo.
Aunque
lejos de los caprichos de los más privilegiados, en la cena del
romano medio no podían faltar pan,
vino,
aceitunas,
frutas,
verduras
y especias como la pimienta
y el cilantro.
La leche
(de cabra y oveja), el queso
y la miel
también eran básicos para la dieta y la carne
y el pescado
eran comidas especiales (pero no para los más ricos).
La
carne más abundante era la de cerdo,
pero también era muy apreciada la de jabalí, conejo,
buey
y cordero.
Los más pobres tenían que conformarse con la de burro.
Para
asistir a una gran cena hay que ir con hambre, ya que a veces llegan
a servir hasta siete platos… Después de la gustatio
llega la primae
mensae,
los primeros platos (en plural). Se sirven testículos
de
cabrito,
hígado
de
caballa,
sesos
de faisán,
tetinas
de cerda
o lengua
de flamenco,
entre otros.
Con
la secundae
mensae
llegamos, finalmente, a los postres. La fruta,
los dulces,
la miel
y el vino
son los protagonistas. A veces el marisco
también se sirve al final de la comida. Entre los dulces llama la
atención la existencia de flan (tiropatinam)
que se hace con leche y huevos y se sirve con una generosa cantidad
de pimienta
por encima.
En
toda mesa romana no podía faltar el
famoso garum,
la salsa de pescado más apreciada de la antigüedad que ya probaban
los fenicios
y griegos
antes que los romanos. Su uso sin embargo, sobrevive al mundo clásico
y sigue hasta el Renacimiento. Actualmente también se encuentran
sucedáneos más o menos parecido a la receta original.
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